La Cruz de Cada Día

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En una publicación anterior del blog, dije que había dos cosas principales que había malinterpretado y tergiversado en mis primeras enseñanzas y escritos (de hace años), las cuales fueron: 1) La naturaleza de la obra consumada de Cristo, y cómo se aplica al creyente. 2) La realidad y necesidad de la cruz diaria. Ya he intentado describir algunos de los grandes y comunes malentendidos concernientes a la obra consumada de Cristo, y mi propia confusión sobre ese punto en esta publicación: La Naturaleza de la Obra Consumada. Ahora me gustaría compartir algunos pensamientos sobre la realidad y necesidad de la cruz diaria de Cristo.

Casi todos los cristianos están muy conscientes de la cruz histórica y externa de Cristo, la cruz de madera en la que fue crucificado entre dos ladrones. Pero incluso antes de que Jesús entregara su vida en la cruz externa de madera, y cuando nadie estaba pensando en una cruz externa, es interesante observar que Cristo ya les estaba hablando a sus discípulos de otra cruz, una cruz diaria, la que debían tomar cada día para seguirle de verdad. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). Esto debió de sonar extraño a los oídos de sus oyentes, quienes en aquel momento (se nos dice) ciertamente no comprendían ni aceptaban que Cristo muriera externamente, ni podían haber entendido claramente, lo que quería decir con tomar la cruz de cada día para seguirle adonde Él iba. 

Pero es muy importante que entendamos que la cruz no fue algo que Cristo únicamente experimentó durante las últimas horas de su vida. La cruz—la cruz diaria—era algo que Él conocía, de lo que hablaba, que abrazaba, que tomaba y cargaba, cada minuto de cada día de su vida como hombre. La cruz externa de madera sólo fue el golpe final, la muerte de la vida externa de la naturaleza del hombre. Pero la cruz interna era una experiencia diaria, una continua negación y muerte a toda voluntad independiente y vida propia como hombre, en perfecta sumisión a la voluntad y poder del Padre.

Si bien es absolutamente cierto que Cristo, en su encarnación, nunca pecó, y que era el Cordero de Dios perfecto y sin mancha, también es importante entender que entró en la condición del hombre en la caída. Es decir, no entró en la condición en la que estaba Adán en el paraíso ANTES de caer, sino en la condición del hombre después de haber caído. Por eso Cristo estuvo sujeto a debilidad (“fue crucificado en debilidad”, 2 Corintios 13:4), tuvo un cuerpo mortal, estuvo sujeto a los elementos, al calor y al frío, al cansancio, al hambre, a las emociones dolorosas (“varón de dolores, experimentado en quebranto”). También estuvo sujeto a toda clase de tentaciones y asaltos del enemigo (“fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, Hebreos 4:15), y a la maldad, a la ira y a la violencia de los hombres perversos. Él entró en nuestra condición caída, no para ser inmune a ella, sino para vencerla por el Espíritu, y (como he dicho en otra parte) para luego compartir Su vida vencedora con todos los que la recibieran. Por eso, dijo, “Cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”.

Pero el MODO en que Cristo venció a todos los enemigos, todas las tentaciones, toda debilidad, toda voluntad humana independiente, (diciendo siempre “no se haga Mi voluntad, sino la Tuya”) e incluso la muerte, no fue únicamente por medio de la cruz de madera de la que colgó durante las últimas horas de Su vida, sino también por medio de la cruz diaria que cargó, y les dijo a sus discípulos que ellos también debían tomarla y cargarla cada día.

Entonces, ¿qué es esta cruz diaria? Creo que es de gran importancia que cada Cristiano conozca y experimente la respuesta a esta pregunta. Es algo descrito y exigido por casi todas las páginas del Nuevo Testamento de una manera u otra, y sin embargo, sigue siendo un misterio o una ofensa para un sorprendente número de Cristianos.

En pocas palabras, la cruz diaria es una continua negación a toda voluntad del yo, y una sujeción interna al poder justo de Dios que destrona y crucifica la voluntad caída y la naturaleza de la carne en el hombre. Al igual que la cruz de madera, la cruz diaria es un instrumento de muerte, y es el camino para experimentar la vida de resurrección. Pero la cruz diaria no es un instrumento externo de muerte que sólo mata el cuerpo externo, sino más bien una continua muerte interna, que mata de hambre, reducecircuncida, crucifica y libera de todo lo que ha crecido en el alma del hombre, aparte de la naturaleza y voluntad puras de Dios.  

Tomar la cruz cada día significa vivir de manera tal, que eres cuidadoso y vigilante para permanecer BAJO su peso; quiero decir, bajo su influencia, bajo su juicio, en su luz, llevando el yugo de la verdad dondequiera que vayas, y experimentándola como aquello que continuamente expone la fuente, naturaleza y manantial de todas tus acciones, palabras, pensamientos y deseos. La cruz diaria de Cristo es el poder de Dios manifestado en ti para exponer, juzgar y quitar todo lo que está caído de Su gloria. No es sólo negación al yo, o dejar de hacer el mal; es negación al yo Y una completa sujeción y rendición al poder creador, o al poder vivificador de Cristo. La falta de vivir de esta manera, interior y continuamente ante Dios, es lo que les impide a los hombres y a las mujeres verdaderamente experimentar el beneficio de todo lo que Cristo hizo externamente por ellos.

Muchas personas creen en la cruz externa, aunque ellos mismos (como dijo Pablo “incluso llorando”) son “enemigos de la cruz de Cristo.” ¿Y qué los hace enemigos de la cruz? ¿Es que no tienen buena teología? ¿Es porque no creen en la cruz externa o histórica de Cristo? No. Pablo dice que es, porque ‘su dios es el vientre, y su gloria es su vergüenza, y sólo piensan en lo terrenal’. ¿Cómo vives como enemigo de la cruz de Cristo? Simplemente viviendo de acuerdo con los deseos naturales, la voluntad y los apetitos del hombre carnal caído, que es enemistad contra Dios, y hace todas las cosas para la gloria y ganancia del yo. Eres enemigo de la cruz cuando te escondes de su luz, cuando esquivas su juicio, cuando tratas de mantener viva la naturaleza que ella quiere matar, y de ese modo, resistes y crucificas de nuevo la vida de Cristo que debe levantarse en ti.

De este modo y por esta razón, el hombre siempre está, o sometiéndose al poder de Dios que “crucifica la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24) y “hace morir las obras de la carne” (Romanos 8:13), o resistiendo esta obra del Espíritu al permanecer en la carne, ‘sólo pensando en lo terrenal’, y así “crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio”. (Hebreos 6:6)

La verdad es, que las personas no se salvan, o no crecen en la gracia, porque no están dispuestas a someterse por completo al poder que las salva, y más bien se someten (en diversas formas y medidas) a un poder contrario que lentamente las deforma y destruye. Así de sencillo. En otras palabras, las personas no crecen espiritualmente, o no continúan su viaje espiritual, simplemente porque no permanecen bajo el dominio, el peso, y la luz del juicio de Dios que continuamente sometería a sus enemigos, y haría lugar en sus corazones para el reino de Dios.

Yo soy Jehová tu Dios, que te hice subir de la tierra de Egipto; abre tu boca, y yo la llenaré. Pero mi pueblo no oyó mi voz, e Israel no me quiso a mí. Los dejé, por tanto, a la dureza de su corazón; caminaron en sus propios consejos. ¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, si en mis caminos hubiera andado Israel! En un momento habría yo derribado a sus enemigos, y vuelto mi mano contra sus adversarios”. Salmos 81:10-14

Esto puede sonar simplista, y como concepto es realmente sencillo. De hecho, no es complicado. Pero aun así, un gran número de hombres y mujeres Cristianos se niegan a vivir de esta manera, simplemente porque no quieren. O se podría decir, porque quieren otra cosa. La voluntad del yo siempre rechaza la cruz. Y la cruz siempre busca crucificar la voluntad del yo. Llevar la cruz diaria es lo mismo que caminar en la luz de Cristo, una luz que expone y condena todas las cosas que son contrarias a la naturaleza de Dios. Hablamos de ‘llevar la cruz’ porque Su juicio, Su verdad, tiene que permanecer como un yugo sobre nuestros hombros, y tenemos que asegurarnos de mantenernos siempre bajo su peso. Cristo no nos dice que visitemos la cruz una vez a la semana, ni siquiera una vez al día. Dice que la llevemos siempre, que permanezcamos siempre bajo ella, que tomemos Su yugo sobre nuestros hombros y aprendamos de Él, y que al someternos a su poder, llegaremos a ser como Él, mansos y humildes de corazón, y hallaremos descanso para nuestras almas.

Ahora bien, esta cruz diaria, esta cruz interior, es lo que falta en toda religión hecha por el hombre, incluso en el Cristianismo hecho por el hombre. Los Cristianos de todo el mundo alaban la cruz histórica, y se inclinan ante las imágenes de la cruz externa de Cristo, incluso, mientras sus corazones se niegan rotundamente a someterse al poder diario de Dios que obra tanto la muerte como la vida nueva en el alma. Pero no fue así con los primeros apóstoles y seguidores de Cristo. Pablo dijo: “Cada día muero” (1 Corintios 15:31).  Dijo: “llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” (2 Corintios 4:10-11). Dijo: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:10-11). Pedro dijo,

Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios… Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios” 1 Pedro 4:1-2 y 6.

Jesús dijo una y otra vez, cosas como: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” Juan 12:25. O: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26-27).

Ninguno de estos versículos habla de una cruz externa, o de una muerte externa. Tampoco hablan de una única experiencia, o de una mera creencia en un acontecimiento histórico. Están hablando de vivir en todo momento de manera tal, que el poder de Dios, el juicio de Dios, la luz de Dios, están continuamente a nuestra vista, y en la que nuestro corazón permanece en una condición suave, humilde y sometido a ella. 

Todos los días de su vida como Hombre, Jesucristo llevó esta cruz diaria. Llevó una cruz física durante unas horas, pero llevó la cruz interna durante treinta y tres años sin falta. Cada tentación del enemigo era una incitación para salirse de debajo de ella como Hombre. Cada insulto y acto de violencia de los hombres, incluso los malentendidos de Sus discípulos, fueron vistos por Él como intentos de sacarlo de una perfecta negación de Su voluntad como hombre, y de una perfecta sumisión a la voluntad de Su Padre. A Pedro le dijo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás, que me eres tropiezo!”, cuando le sugirió que la cruz no era necesaria. Toda forma de dolor y pena que soportó como Hombre, incluso cuando dijo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38), fue una oportunidad para salirse de Su yugo, para caminar (¡quizás sólo por unos minutos!) en Su propia voluntad humana, para aliviar Su carga, para evitar Su copa, pero Él no lo hizo. Nunca lo hizo. Llevó la cruz y negó Su voluntad como Hombre todos los días de Su vida, se mantuvo bajo el yugo, se sometió a Su Padre, incluso cuando Su sudor caía como grandes gotas de sangre en el Huerto de Getsemaní.

Esta es la cruz diaria. Implica tomar ESTE yugo sobre nosotros y permanecer bajo él. Tiene que ver con vivir en contra de la voluntad de la criatura, para abrazar y experimentar la voluntad del Creador. Es una entrega voluntaria de todo lo que es del yo, y una sujeción perfecta y continua al poder del Espíritu. Es el modo en que los fieles seguidores de Cristo experimentan “la participación de sus padecimientos”, y “cumplen en su carne lo que falta a las aflicciones de Cristo” (Colosenses 1:24). No es una mera creencia en la cruz externa e histórica, sino un volverse diario, una búsqueda diaria, y una entrega diaria al poder de Dios que hiere la cabeza de la serpiente en nosotros y redime al hombre de la caída.

Al principio, la muerte de Adán fue un volverse, y luego la pérdida de la vida interna de Dios en el alma, que lo dejó muerto para Dios, pero vivo para el mundo externo y para las influencias del reino de las tinieblas.

Y ahora, nuestra participación de la muerte de Cristo, o nuestra cruz diaria, es una sumisión continua a la luz y al poder de Dios que expone, debilita y crucifica en nosotros todo lo que ha crecido en nuestra condición caída; es decir, todo pecado, voluntad propia, orgullo y deseo carnal. Tomar nuestra cruz y seguir a Cristo cada día, significa negar y abandonar la voluntad y la naturaleza que son contrarias a Él, y aprender a vivir en completa sujeción y rendición al Espíritu vencedor de nuestro Salvador.